Un banco para los pobres


La monja y el sueño de un banco para los pobres

Un modelo que comenzó en el Distrito de Aguablanca en Cali. Artículo Diario El Espectador - Junio 27 de 2009


La vanidad no figura entre los pecados de la hermana Alba Stella Barreto. Para escapar del flash de la cámara intentó dar un paso atrás y utilizar su mano abierta como cortina. Con resignación y sonrojada, al final aceptó a regañadientes una fotografía. “Una sola, una sola, y que salgan ellas también”, dijo señalando a María Esther Díaz y Alicia Meneses, dos mujeres que la acompañan desde hace cuatro años en la aventura de crear un banco para los pobres en el Distrito de Aguablanca en Cali.

 

 

Con una población de 650.000 habitantes, el Distrito de Aguablanca es una de las invasiones más grandes de Latinoamérica. La hermana Alba Stella conoce bien los secretos de estos 40 barrios populosos que crecen en las márgenes del Río Cauca. Ella ha sido parte de esa historia desde hace 22 años cuando el arzobispo de la época le pidió que trabajara por esas comunidades.

“Aquí no había nada”, dice la hermana de la orden franciscana, mientras revolotean en su memoria los recuerdos del cambuche en que pasó las primeras noches, las letrinas comunales, la imagen de misioneros rubios y ojiazules que llegaban de Europa y deambulaban por las mismas calles calientes y polvorientas. Eran días en los que no quedaba otra opción que robar luz de los postes y despertarse a la una de la mañana para recolectar el agua de pilas que sólo funcionaban a esa hora.

Cambio de rumbo

A través de la Fundación Paz y Bien, que creó en 1987, se fue involucrando en la solución de los problemas de sus vecinos. Problemas que iban desde líos de pandilleros, angustias de madres adolescentes  y problemas de vivienda. Pero en el año 2004 su vida como misionera daría un giro. Sin sospecharlo, se convertiría poco a poco  en protagonista de un fenómeno económico que podría cambiar el destino de millares de personas en Colombia y el mundo: los bancos de los pobres.

Ese año, la Fundación Alvaralice, creada por la familia Garcés Echavarría, había recibido una donación de USAID para desarrollar proyectos sociales en Colombia y destinó una partida para la fundación Paz y Bien. La idea era trabajar en justicia restaurativa con jóvenes pandilleros y crear una línea de microcrédito para ayudarles a salir adelante.

Cuando Stella y las mujeres que trabajaban en la Fundación tocaron la puerta de entidades financieras para que les ayudaran a administrar los recursos, descubrieron que todas pedían a cambio entre el 30 y el 40% por manejar el fondo. Decidieron resolver las cosas por su cuenta.

Por casualidad se cruzó en el camino de la hermana Stella el libro El precio de un sueño de David Bornstein. En sus páginas encontró las respuestas que andaba buscando. Se trataba de la historia de  Muhammad Yunus, un profesor de economía que en 1971 descubrió que prestando pequeñas cantidades de dinero podía sacar del círculo vicioso de la pobreza a muchos habitantes del área rural de Bangladesh.

Yunus, fundador del Grameen Bank que hoy cuenta con más de 7,5 millones de personas con microcréditos, demostró que los más pobres de los pobres, en especial las mujeres, son los mejores clientes que puede tener un banco. Un 98% de ellos devuelve el dinero prestado. Ningún banco conoce tasas de devolución tan altas.

Cada frase que leía se convertía en una revelación: “La gente pobre es como un árbol bonsái a la que no le dieron espacio para crecer porque el sistema se lo impidió” o “Yo creo firmemente que juntos podemos crear un mundo sin pobreza. En un mundo como tal, el único lugar donde podremos ver la pobreza será en los museos”.

“La hermana insistió desde un comienzo en que lo que necesitábamos en Colombia era un banco para los más pobres siguiendo el modelo del Banco Grameen”, recuerda María Eugenia Garcés, presidenta de la Fundación Alvaralice, que convencida de la tenacidad de la monja y entusiasmada con la idea, consiguió los recursos para que dos mujeres de la institución viajaran a una cumbre de microcrédito en Chile.

Lo que vendría de allí en adelante es la prueba de lo lejos que pueden llevar la “disciplina, el trabajo duro, la solidaridad y el coraje”, los cuatro principios básicos que Yunus promulga entre prestamistas de su banco y las mujeres de la Cooperativa Multiactiva Semilla de Mostaza en el Distrito de Aguablanca en Cali. Ellas prefieren reemplazar “coraje” por “berraquera”.

En 2006 el profesor de Bangladesh Nurul Alam viajó hasta Cali para asesorar el proyecto. Un año más tarde, gracias al vínculo que se había creado entre las mujeres  y el equipo de trabajo del Grameen Bank, Muhammad Yunus aceptó visitar Aguablanca.

En febrero de 2008, María Eugenia Garcés, que cada día se involucraba más y más, consiguió recursos para que la hermana Stella y una de sus colaboradoras viajaran a Bangladesh. El propio Muhammad Yunus las recibió y les dijo que su visita a Cali le había traído suerte, pues unas semanas después recibió el Premio Nobel de la Paz. Pero las buenas noticias no acabaron ahí. Les propusieron replicar en Colombia el Grameen Bank. Sólo necesitaban tres millones de dólares para empezar en serio.

Si con menos de 300 millones de pesos habían logrado ayudar a más de 1.800 personas a través de la Cooperativa Semilla de Mostaza, cuántas más podrían empujar fuera del círculo de pobreza con tres millones de dólares.

Comenzó entonces la búsqueda de los  recursos semilla. María Eugenia Garcés, después de tocar puertas en todo el sector financiero al fin llamó la atención de alguien. Nada más y nada menos que Luis Carlos Sarmiento Angulo. Salió convencida de aquella reunión que al banquero la propuesta le había parecido no sólo muy acertada sino “la magnífica oportunidad de hacerle al país la mayor inversión de su vida y la realización de un sueño personal”.

El año pasado un equipo de la Fundación Alvaralice, la Fundación Paz y Bien y el Grupo Aval de Luis Carlos Sarmiento viajaron a Guatemala y Nicaragua para conocer la experiencia de bancos de microcréditos. De allí todos trajeron nuevas ideas sobre cómo debería operar el banco en Colombia, sin embargo, a lo largo de los meses siguientes algo se averió en la comunicación. Yunus, que había sido invitado a Cali en febrero canceló su visita. Los asesores del Grameen Bank dejaron de contestar los correos de las mujeres en Cali.

El 8 de junio, la hermana Stella viajó a la Cumbre de Microcrédito para América Latina y el Caribe 2009 invitada por los organizadores a dar una conferencia. Allí estaba Junus y Luis Carlos Sarmiento, en el centro de las noticias, acababan de formalizar la creación del Grameen Aval Colombia que en su primera etapa planea favorecer con microcréditos a más de 10.000 personas, comenzando por habitantes de Ciudad Bolívar en Bogotá.

¿Que pasó? La hermana Stella intenta esquivar la pregunta como al flash de la cámara. No le interesa el protagonismo. Sólo pretende que alguien más se interese en la creación de un banco para los pobres en el occidente del país, en Cali, y por supuesto en Aguablanca.

Una alianza exitosa

Desde que la hermana Alba Stella comenzó a insistir en la idea de crear un banco para los pobres no han faltado los aliados. Primero, la Fundación Alvaralice, una entidad sin ánimo de lucro fundada por la familia Garcés Echavarría en 2003 en Cali, en honor al espíritu filantrópico de Álvaro Garcés Giraldo y a Alice Echavarría Olózaga. Más adelante se sumaron la Universidad del Valle, que ha participado activamente en el desarrollo de la cooperativa de la Fundación Corona. Algunas organizaciones ya han mostrado su interés en financiar la iniciativa de la hermana Stella.

Los hermanos Salazar salen de pobres

Una de las historias que no olvida Alicia Meneses, asesora de microcrédito de la Cooperativa Multiactiva Semilla de Mostaza, es la de los hermanos Salazar, campesinos desplazados del Valle del Cauca.

El negocio de los Salazar consistía en comprar lotes de frutas o verduras para vender en la carrera 10 en Cali. En las mañanas hacían un préstamo por $80.000 a alguno de los prestamistas “gota a gota” de la zona. Al final del día, luego de vender la mercancía, debían pagar $140.000 al prestamista. Sólo se quedaban con $20.000. Cuando la cooperativa les hizo un préstamo por $300.000, con la promesa de que debían aprender a leer y escribir, su suerte comenzó a cambiar. Hoy, después de tres préstamos más que han pagado en su totalidad, los hermanos Salazar decidieron regresar al campo, cerca del municipio de Ginebra (Valle), pues lograron la estabilidad financiera para comprar una parcela y vender sus propios productos.

Por: Pablo Correa / Enviado Especial, Cali
 

 

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